“Cercedilla es hogar”, dice Rocío, voluntaria del Hogar Don Orione, con la convicción de quien ha vivido una experiencia que transforma. “Es un sitio donde quiero volver cada año, porque me ayuda a crecer como persona y también me ayuda a conocer a los chicos. Y de verdad que recomiendo muchísimo esta experiencia porque sales feliz de aquí”. Su testimonio condensa en pocas palabras el sentido profundo de una de las actividades más significativas que ofrece la Fundación Luis Orione cada verano: las convivencias en Cercedilla.
Durante los meses de julio y agosto, la Casa de Cercedilla en Madrid, situada en plena naturaleza junto a Las Dehesas, se convierte en el escenario de unas vacaciones inclusivas que van mucho más allá del ocio. Su privilegiada ubicación, el entorno de pinar, el aire limpio y la constante mejora en accesibilidad hacen de este espacio un auténtico refugio de bienestar físico, emocional y espiritual para los residentes del Hogar Don Orione.
Un verano de descanso, inclusión y vínculos
Cada semana, nuevos grupos de residentes y voluntarios conviven durante siete días compartiendo tareas, paseos, juegos, momentos de descanso y también experiencias de fe. Esta convivencia intergeneracional permite que se generen vínculos profundos, naturales y sinceros, en un ambiente donde el servicio se ofrece con alegría y sencillez, y donde todos aportan y todos reciben.
El papel del voluntariado es esencial en Cercedilla. Más de un centenar de jóvenes y adultos participan cada verano de forma activa, entregando su tiempo, sus manos y su corazón. Su presencia no solo permite el desarrollo de las actividades, sino que multiplica el sentido de comunidad y hace de esta experiencia un auténtico camino de crecimiento personal y vocacional.
Naturaleza, cultura y vida compartida al servicio a los demás
Las convivencias incluyen excursiones a lugares cercanos como Navacerrada, el embalse de La Jarosa o la ciudad de Segovia. Son salidas sencillas, adaptadas y profundamente disfrutadas, que permiten a los residentes integrarse en la vida social de otras comunidades y redescubrir su propia capacidad de disfrutar, explorar y participar.
Cercedilla no es solo una actividad de verano: es una escuela de vida, donde la entrega diaria, el cariño mutuo y el contacto con la naturaleza se conjugan para construir algo más profundo. Es una invitación a vivir la fe de forma concreta, sirviendo a los más vulnerables y descubriendo, en ese servicio, una riqueza interior que no se encuentra en otra parte.
Cercedilla no es un lugar más: es hogar, es comunidad, es alegría compartida. Y como dice Rocío, “es un sitio al que uno siempre quiere volver”.




